El siguiente post, lo ha escrito mi compañera de trabajo Ainara Ariztoy. Guía del cementerio de San Isidro y profunda conocedora de nuestros camposantos, de sus historias y de lo poético que hay en ellos. Sin mas dilación os dejo con el post.

No creo en las señales. O sí. Soy una mujer con opiniones firmes, capaz de cambiarlas si me presentas los argumentos pertinentes para ello. Año 1781, en la Villa de Pasajes fallecieron 83 personas víctimas de la peste. Fue el detonante para que en España, Carlos III lanzara la Real Cédula (abril de 1787) según la cual se prohibía enterrar dentro de las iglesias, tal y como era costumbre en el ámbito cristiano. Un pueblo pequeño y menos de cien afectados por la peste. Los cadáveres se amontonaban en la iglesia del pueblo y los efluvios de la descomposición de cadáveres enfermos contagiaban a quienes iban al templo a presentar sus respetos a los difuntos. El efecto contagio fue tal que incluso algunas crónicas recogen que se llegó a desmontar la techumbre de la pequeña iglesia para que el aire puro limpiara el ambiente infectado por la peste.

Ahí está el origen de todo. Incluso ahí está mi origen.

Fallecieron 83 personas, sí, pero la población total eran 120 personas. La relación porcentual de fallecidos es del 70% y Pasajes es un pueblo pequeño, es el pueblo del que yo soy oriunda. Y así se van uniendo las baldosas del camino, por causalidades que me traen hasta el Cementerio de San Isidro, el cementerio vivo más antiguo de Madrid. No es sino hasta la Guerra de Independencia cuando esta España nuestra toma conciencia de la necesidad real de enterrar a los difuntos fuera de las Iglesias. Era difícil desarraigar una costumbre tan adherida a la fe; había que descansar cerca de dios, literalmente. Es cierto que en 1804 ya comienza a construirse el primer cementerio en Madrid, el Cementerio General del Norte, pero no se inauguraría hasta el estallido del conflicto con los franceses.

Volviendo a lo que nos ocupa, San Isidro es para mí un lugar Tótem. Situado en el cerro de las ánimas, representa -incluso para los no creyentes- un punto de inflexión en el Arte y en la Historia. Retrotraerse hasta el siglo XIX significa entender que los cementerios que datan de esa época se concebían como jardines románticos, fúnebres, pero jardines. Lugares para recordar a los vivos, para pasear entre cipreses y ser conscientes de la fortuna que tuvimos por haberles conocido, lugares para el recuerdo y la perpetuidad del amor. Porque lo realmente importante en esta vida, y en cualquier otra si creen que la hay, es el amor, en todas sus vertientes y acepciones, en todas sus aristas y posibilidades.

 

DSC_0026

 

El Cementerio de la Archicofradía Sacramental de San Pedro, San Andrés, San Isidro y la Purísima Concepción es un joyero en sí mismo. Hay que discernir la visita al cementerio para despedir a un ser querido, con el duelo por la muerte y el dolor que impregna el alma, de la visita que se hace con un sentido cultural, lúdico, sin un adiós que nos rompa por dentro. Capítulo aparte merecería el propio concepto de la muerte, porque es lo único certero de la vida. Aunque hayamos aprendido a vivir como si no existiera, como si la parca no fuera la última compañera que va a venir a darnos la mano a todos, absolutamente a todos.

Con todo y con eso, no creo que la muerte nos iguale. Nada más lejos de la realidad, entrado el siglo XIX, también la dama de la guadaña se deja influenciar por la moda y adopta la moda europea de enterrarse en grandes panteones, en monumentos funerarios que pongan de manifiesto el poder económico que el difunto ha disfrutado en vida. Hasta entonces, sí había algo de cierto en aquello de que la muerte igualaba a todos, a pobres y a ricos. Todos eran enterrados en nichos, esos pequeños espacios utilizados como primeros escaparates para el recuerdo y olvidados hoy día por muchos. Incluso la Duquesa de Alba, la primigenia, no imaginen ninguna otra, descansa en un nicho. En San Isidro, eso sí.

Pasear entre cipreses y dejarse sorprender por la historias de la Historia, por esas personas que el olvido se ha comido injustamente y a quienes incluso, algunos, debáis la vida. Sobre todo si habéis necesitado de los servicios médicos del Hospital Niño Jesús de Madrid, cuya fundadora María del Carmen Hernández Espinosa de los Monteros falleció en la indigencia, arruinada y con el sobrenombre de la “Duquesa Mendiga”. Mujeres injustamente tratadas por el olvido, o etiquetadas con maldad en los suburbios de la envidia. Personajes que han ido construyendo el puzzle de la historia y que protagonizaron titulares de periódicos para ser engullidos, después, por el desinterés.

 

DSCN5006

 

Tengo vínculos emocionales con personas de otro siglo, con apellidos que nada tienen que ver con mis ocho apellidos vascos, y no, no veo muertos. Cuanto más voy conociendo de sus vidas, de sus vicisitudes, de los por qué de sus decisiones, más quiero saber. El cariño es real, tangible y va en dos direcciones. Yo tengo el cariño de quienes vienen a pasearse con actitud agnóstica, con caras de interrogante, con la sombra de la duda acompañándoles…. Y al final del paseo todo ha cambiado, la magia ha hecho que el arte les provoque una sonrisa, una cara de sorpresa, un gesto de admiración hacia quienes nos regalan sus historias. Es increíble observar el cambio gradual, cómo la distancia inicial se torna en abrazo invisible, cómo algunas preguntas hacen que incluso tomen notas en un cuaderno recuperado del bolso. Y lo que es magia pura es cuando algunos participantes de nuestros paseos vuelven, cuando pasado un tiempo deciden conocer más, ver más, soñar más. Cuando reconozco alguna cara, me emociono.

Para mí existe además un plus de magia añadida, en mi entorno. Cuando mi gente, en origen no admiradora de los monumentos funerarios, se acerca a los cementerios para enviarme una foto de un ángel, de un panteón, de una escultura maravillosa. Porque sé que van por mí, para regalarme una instantánea y darme aire para respirar, pero en el fondo yo me alegro por ellos, porque van a visitarles, porque como decía Bécquer… Qué solos se quedan los muertos. Mis amigos mitigan su soledad por una foto para mí, y yo me alegro en dos dimensiones, por los moradores del camposanto y por mí, por tener buenas gentes que me cuidan y pierden su tiempo en regalarme detalles que bien valen una alegría. Por un minuto de su viaje.

Y así transcurre esta batalla, años de explicaciones y de responder a adjetivos que me califican de diversas maneras. Palabras que ya no hacen daño; es lo que tiene cumplir años, que una asume quién es y dónde quiere estar. Años de ser “friki” mientras afianzas posiciones en el castillo, reforzando la defensa y casi siempre preparada para la batalla. Ahora está de moda, el necroturismo, el turismo de cementerios…. Ahora hay que poner nombres a actividades que algunos llevamos más de veinte años practicando, ¡cómo pasa el tiempo! Y no hay que ponerle nombres, nos gusta el arte en cualquiera de sus disciplinas, sea en un museo o sea en un cementerio. Tenemos la sensibilidad para poder disfrutar de la belleza en multitud de ámbitos, sin etiquetarlos con nuestros prejuicios y sin asociarlos a otros ámbitos que no sean el artístico.

“Velarse debe la vida de tal suerte, que vida quede en la muerte”, reza el panteón de la familia Gándara en el Patio 4º de San Isidro. Nadie muere del todo mientras le recordemos. La verdadera muerte llega con el olvido.

 

IMG_20151025_125211793

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>